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Me siguen por todas partes, escuchando lo que digo, queriendo encontrar amor y validación en cada momento de sigilo.

Ese par de ojitos van llenando su corazón con todo lo que absorben, con todo lo que miran y sólo quieren que yo les sonría.

Con una mirada de aprecio, su alma revolotea.

Con una mirada de amor, encienden su corazón.

Cada minuto qué pasa, están atentos; lloran si me ven llorar, mientras que ríen si me ven reír.

Ellos quieren ser buenos, hacer el bien, dar amor, sólo necesitan saber cómo hacerlo, para abrir su caparazón.

Sus pequeñas manitas me sujetan con firmeza, queriendo certeza.

Sus brazos me sujetan, suplicando consuelo.

Sus piernas caminan siguiendo mis pasos, mientras su espalda recargan sobre mi aprecio.

¡Admiro su brillo, su mirada sincera, sus ganas de abrirse como pajarito en vuelo!

Más si un día por esa rendija entrara desconsuelo, amargura y rechazo, sería el final de su brillo sincero.

Hay tanto que cambia el concepto del cielo, que con solo una imagen se llega al infierno.

Cuidemos sus almas pues somos sociego, que sostiene su alma para ir al cielo.

Cuidemos sus brazos que pusieron en nuestras caricias todo el refugio que existe para su vuelo.

Que seamos nosotros quienes cuidamos de ellos, con palabras de aliento y miradas de amor que estiren sus alas, para que una vez que han crecido puedan alcanzar sus sueños.

Esos pequeños ojitos que nos miran atentos, pertenecen a cualquier niño que comparte el camino donde afortunados somos de seguir con ellos el ritmo.

Jamás olvidemos que somos su ejemplo y que con cada paso trazamos su raíz fuerte para ser feliz.